El comendador Mendoza by Juan Valera — Read

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El destino de D. Casimiro es el más extraño y caprichoso entre los de cuantos personajes figuran en esta historia. En el tejido de su vida había puesto él un orden envidiable y gastado poquísimo. Así es que, por más que D. Casimiro distase mucho de ser un águila en nada, había atinado á darse tan buena traza con economía y juicio, que era un señor acaudalado para lo que entonces se usaba en Villabermeja. Esto se lo debía á sí mismo, y de ello podía estar con razón y estaba orgulloso. Lo que debió á la casualidad, á un conjunto de hechos para él inexplicables, fué el momentáneo encumbramiento á novio de su linda y rica sobrina la señorita Doña Clara.

Con cincuenta y seis años de edad, no pocos padecimientos y la facha que ya hemos descrito, don Casimiro mismo, á pesar de su amor propio, que no era flojo, había hallado, allá en el centro de su conciencia, un si es no es inverosímil que le quisiesen casar con aquel pimpollo. El amor propio, no obstante, es ingeniosísimo, estando casi siempre su ingenio en razón inversa del ingenio de las personas; por donde D. Casimiro imaginó pronto que en su alma había de haber tan escondidos tesoros de bondad y de belleza, y que en sus modales y porte habían de transcender tal distinción hidalga y tal elegancia ingénita, que, descubierto todo por los ojos zahoríes de Doña Blanca, bastó y sobró para que ella ansiase tener á D. Casimiro por yerno. Don Casimiro, pues, desde que empezó á ser novio de Clara, se puso más orondo y satisfecho que antes.

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