Al primer vuelo by José María de Pereda — Read

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Era de los últimos de julio, por más señas, y se había acordado comer en el pinar, en un sitio de mucha sombra, suelo alfombrado de oloroso y tupido césped, con fuente fresca y abundante, y, a muy corta distancia de ella, unos detalles muy pintorescos de rocas, jaramagos y troncos viejos que Nieves no había visto nunca y le había ponderado mucho Leto. Éste tenía varios apuntes de ello en su cartera, y se trataba de que Nieves tomara otros a su gusto.

Con ese fin por pretexto, se dispuso la partida; y muy tempranito salieron de Peleches los cuatro expedicionarios: don Alejandro y su administrador, armados de sendas escopetas para tirar a las tórtolas que se les metieran por los cañones, y Nieves y Leto con los avíos de dibujar. Nieves, como casi siempre que iba de campo o a la mar, llevaba el pelo recogido en una sola trenza caída sobre la espalda, con un gran lazo en el extremo inferior; un sombrero de paja de anchas alas y cinta del color del lazo del pelo; un vestido liso y muy claro, guantes de seda, botinas de recia suela y sombrilla de largo palo. Leto, que no tenía mucho en qué escoger, vestía un terno de dril ceniciento, recién planchado; y con esto y unos borceguíes de becerro en blanco, un hongo claro y una corbatita de lunares bajo un cuello a la marinera, "componía" bastante bien al lado de la esbelta sevillanita. Llevaba en una mano la cartera de Nieves, y en la otra la tijerilla desarmada, de Nieves también. Él no necesitaba esos utensilios para sus trabajos de campo.

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