El Intruso by Vicente Blasco Ibáñez — Read

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Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto importante los llamaba á la villa.

El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de fundición -- «los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo, -- y después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos, y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como juguetes.

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