Peñas arriba by José María de Pereda — Read

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La cena no fue muy variada, pero abundante y sabrosa. Allí todo participaba del carácter sano y austero del señor de la torre. Carne y leche en dos o tres formas, y algún fruto de la tierra. Poco más o menos, como en casa de mi tío. Pero la amenidad que le faltaba a la cena por su propia sencillez, la hallábamos Neluco y yo bien cumplida en la palabra de nuestro noble anfitrión. Aquel hombre era un pozo lleno, rebosando de saber, y en cuanto desplegaba los labios saltaban los chorros de ello.

Tenía el suelo patrio embebido en la masa de la sangre, y por donde quiera que andaba con sus imaginaciones y sus discursos, iba a parar a él, y de él hablaba hasta con la lengua extraña de los poetas o de los historiadores o de los geógrafos de la antigüedad que le habían traído a cuento en sus estrofas o en sus libros inmortales. Y en esta tarea empeñado, tenía a veces inesperadas y súbitas salidas de su carril, aunque no del campo de sus disertaciones, verdaderamente geniales. Había demostrado, verbigracia, en un hermoso período, cómo la región montañesa del Norte de España fue poblada por los griegos antes que por los fenicios, con textos de Mela y de Strabón, según los cuales estos historiadores hallaron costumbres griegas en la Cantabria independiente hasta el tiempo de Augusto, añadiendo una larga lista de otras que aún se conservan hoy en aquellos valles, como el cantar de bodas, traducción, y quizás música, de los epitalamios griegos, y las lamentaciones por los difuntos, y saltó de pronto con la declaración terminante de que la famosa «Jota» que no solamente se canta en Aragón y Valencia, sino en Navarra y más arriba, hasta el nacimiento del Ebro en aquel valle de Campóo, era más española que africana (¡nunca había soñado yo que pudiera existir esa duda!).

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