Peñas arriba by José María de Pereda — Read

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Y comenzó a venir sin tardar mucho; pero ¡ay! lo que vino fue, primeramente, una niebla gris que bajó de los montes, envolvió todo el pueblo y se coló hasta en los hogares; tras de aquella niebla vino un «gallego» frío con otra niebla parda que fue mezclándose con la primera, tiznándola de su color y haciéndola más húmeda y pegajosa; llegó también un ruido sordo y continuo, como lejano cañoneo, que a mí me parecía de la mar batiendo furibunda hacia el Norte los peñascos de la costa; pero según dictamen de la gente de mi casa, era el «rebombe» del «pozón de Peña Sagra», un lago o pozo muy grande, que se da por existente, aunque no sé de nadie que le haya visto, en las entrañas de aquel coloso de la cordillera; y sin cesar este ruido bronco, dejáronse oír en el espacio y sobre el valle unos como quejidos siniestros y antipáticos, que eran, según informes de Chisco, el graznar de los «butres» (buitres) y las grullas, que pasaban «cararriba»; señal ésta, como la del «rebombar» del pozo y la de las nieblas bajas con el «gallego» detrás, de que se nos echaba encima una invernada de las gordas.

Y se cumplieron las profecías: las nieblas se convirtieron en negras nubes henchidas de aguaceros, que el viento, embravecido poco a poco, estrellaba, con mugidos tremebundos, contra casas, ribazos y bardales, cerrándose boquetes y horizontes por donde quiera que se miraba; sintieron los más ardientes de sangre los primeros estremecimientos de frío, y nos declaramos todos en la casona seria y formalmente bloqueados por el invierno.

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