El idilio de un enfermo

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Transcurrieron algunos días. El enojo de D. Jaime por el desaire recibido fue creciendo. En su interior no daba toda la culpa a Rosa; hacia partícipe a su hermano por haber tolerado el galanteo de Andrés una porción de meses con señales de no disgustarle. Después, pensaba que Tomás no había hecho lo bastante por complacerle, no había obrado con suficiente energía para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque si bien era verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos castigos quedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar tardes enteras con su amante en el molino; y aunque últimamente habían cesado estas visitas, todavía no usaba con ella de la debida vigilancia, porque en todas partes y a todas horas se veían y se hablaban, de lo cual era testigo el pueblo. Él mismo los sorprendió más de una vez en las encrucijadas de los caminos o a la orilla del río, y se había vuelto por no tropezar con ellos.

De todo esto formaba el indiano un capítulo de agravios contra su hermano. Empezó a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza la idea de que aquél, so capa de protegerle, tenía la mira puesta en el señorito de Madrid, trabajaba astutamente por encenderle con la contrariedad y hacerle caer en una trampa de donde saliese comprometido y obligado por las leyes divinas y humanas a casarse con su hija.

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