Explore "La Montálvez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
En este método de vida, y sin pensar en abandonarle, porque no conocía otro más divertido, cumplió Verónica los veintidós años. Decían los cronistas de salones por escrito, y de palabra el enjambre de aduladores que cenaban en su casa y la perseguían en las ajenas, que era, por entonces, el dechado de todas las perfecciones escultóricas y el conjunto de todos los donaires del ingenio. Sin ser la cosa para tanta ponderación, es innegable que la madre naturaleza no la había escaseado los dones que más seducen y alucinan a los hombres de escogidos gustos, y más provocan las rivalidades y antipatías entre las mujeres que carecen de ellos, o no los poseen en tan alto grado. De ambos efectos tuvo copiosas pruebas.
Pero la tachaban, con pesadumbre los unos y con visible delectación las otras, de descorazonada y mordaz; y creo que tampoco estaban en lo justo los hombres ni las mujeres que tal afirmaban. No le faltaba corazón en el sentido en que lo entendían aquellas gentes. Lo que ocurría, a mi entender, era que hasta entonces no había hallado cosa de su gusto en que emplearle, ni sentido seria tentación ni punzante deseo de trocar la divertida y risueña libertad que gozaba, por la relativa opresión de la cadena de flores, pero al fin cadena, con que se estimulan ciertas concupiscencias femeniles al cambiar de estado en aquella edad y en la esfera social en que ella vivía. Tan atestados tenía los oídos de lisonjas, tan repetido llegó a ser el tema "amoroso" con que la asediaron galanes de todas las imaginables cataduras, que ya consideraba el caso como una rutina obligada en los usos de la buena sociedad; le sonaban aquellos arrullos como un ruido más de los ruidos del mundo, y pasaban con éstos sobre ella como el aire sobre las rocas.