Explore "Historia de una parisiense" by Octavio Feuillet on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sería excesivo pretender que todas las jóvenes casaderas son unos ángeles; pero hay ángeles entre las jóvenes casaderas. Esto no es una rareza, y, lo que parece más extraño, es que quizá en París es menos raro que en otra parte. La razón es sencilla. En ese gran invernáculo parisiense, las virtudes y los vicios, lo mismo que los genios, se desarrollan con una especie de exuberancia y alcanzan el más alto grado de perfección y refinamiento. En ninguna parte del mundo se aspiran más acres venenos ni más suaves perfumes. En ninguna otra parte, tampoco, la mujer, cuando es bella, puede serlo más: ni cuando es buena, puede ser más buena.
Se sabe que la marquesa de Latour-Mesnil, aunque había sido de las más bellas y de las mejores, no por eso había sido feliz con su marido. No porque fuera un mal hombre, pero le gustaba divertirse, y no se divertía con su mujer. Por consiguiente, la había abandonado en extremo: ella había llorado mucho en secreto, sin que él se hubiese apercibido ni preocupado; después había muerto, dejando a la marquesa la impresión de que era ella quien había quebrado su existencia. Como tenía un alma tierna y modesta, fue bastante buena para culparse a sí misma, por la insuficiencia de sus méritos, y queriendo evitar a su hija un destino semejante al suyo, puso todo su empeño en hacer de ella una persona eminentemente distinguida, y tan capaz como puede serlo una mujer, de mantener el amor en el matrimonio. Esta clase de educaciones exquisitas son en París, como en otras partes, el consuelo de muchas viudas cuyos maridos viven, sin embargo.