Lázaro casi novela by Jacinto Octavio Picón

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Apenas hacía un año que Lázaro estaba en casa de los Algalias, y ya se había captado todo el afecto que puede inspirar el que sirve a quien le paga su salario. La duquesa simpatizó con él como simpatiza la debilidad con la indulgencia. El duque vio, ante todo, en su capellán un hombre que sabía guardar las distancias, y la niña, querida de sus padres con ese cariño de los poderosos, quizá algo frío porque no impone sacrificios, encontró en Lázaro un alma joven, dispuesta a comprender las impresiones que en los albores de la vida se alzan en el corazón de la mujer. Los duques veían en el capellán una figura que, sin salirse de su esfera, contribuía al tinte aristocrático de la casa. La hija, como más joven menos sujeta a preocupaciones, sólo se daba cuenta de que, mozo o viejo, noble o plebeyo, había cerca de sí un ser respetable por su ministerio y digno de estimación por sus prendas. Lo agradable de su persona, lo más grato aún de su afabilidad y cortesía, atrajeron el corazón de Josefina hacia el espíritu de Lázaro como el bien atrae al alma. La inteligencia con que el joven sacerdote iba leyendo cada vez más claro en las cosas de la vida; el carácter con que indultando el error insistía en lo juicioso, y su buen corazón, merced a cuyo generoso impulso sabía hacer dulce la misma severidad, constituían en Lázaro una personalidad extraña, sencillamente buena, tan digna de estudio en su candidez como otras por su originalidad o extravagancia.

Josefina, para quien su padre era un socio del Casino que venía a dormir a casa, y que no hallaba en su madre sino la encargada de satisfacer frívolos caprichos, ni veía en el aya más que una criada con vestido de seda, fue poco a poco acercándose a Lázaro, movida simultáneamente de la necesidad de un amigo para su soledad, de la simpatía que inspiraba el hombre y el respeto que infundía el clérigo.

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