Explore "Lázaro casi novela" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Lázaro no durmió aquella noche. La conmoción recibida era demasiado fuerte. Por vez primera se daba cuenta del género de afecto que le inspiraba Josefina, y vivo todavía el dolor de verla desear la vuelta de Félix a la casa, sintiendo la pena de recordarla implorando su ayuda, comprendía la grandeza de su mal y lo imposible del remedio. Pero no se sorprendió al confesarse el secreto de aquella inclinación; sus impresiones anteriores le habían llevado de la mano hasta aquel punto, y las que le pasaron antes casi inadvertidas, le aparecían explicadas ahora. Sus recuerdos le iban diciendo que los materiales del fuego, al parecer prendido entonces, ardían desde mucho tiempo atrás, y su memoria le revelaba cosas que, regocijándole como hombre, le espantaban como sacerdote. Las reminiscencias le venían, no evocadas por el deseo, sino involuntariamente. Recordaba que un día, estando sentada ella (¡ya subrayaba el pronombre!) en el invernadero con su bordado entre las manos y los ojos fijos en la labor, él, antes de llegarse a hablarla, la contempló a hurtadillas largo rato, deleitándose como un devoto en la imagen que tiene reputación de milagrosa. Otra vez, al querer alcanzar al mismo tiempo un ovillo de estambre que había rodado por la arena del jardín, el pelo de ella, rozándole la cara, le había estremecido, cual si su alma vibrara dentro de su cuerpo. Con frecuencia, sin dar al olvido sus encantos morales, se había parado a grabar en el fondo de su imaginación aquellas líneas que dibujaban un cuerpo formado de bellezas.
Lázaro conocía hasta dónde llegaban el sutil ingenio de la niña y su candidez exenta de mojigatería; no se le ocultaba ninguna excelencia de condición y carácter; pero aquella noche se dijo que desde meses atrás hubiera podido dar detalles sobre la esbeltez del cuerpo, la pequeñez del pié, la roja frescura de la boca, o el delicioso mirar de las pupilas de Josefina. El capellán descubrió primero en ella una ser humano que parecía un ángel, y el hombre acabó por enamorarse de una mujer angelical, pero mujer al fin. Esto había sucedido natural, sencillamente, sin provocación de una parte o cálculo de otra, sobre todo sin intención en Lázaro, que se encontraba preso en una red, no porque se la preparasen, ni porque él, hallándola tendida, entrase en ella, sino porque los lazos estaban preparados en torno suyo por la fuerza y la naturaleza de las cosas. Tan inocente era Josefina, como irresponsable era él. Su único delito era llegar a comprender la monstruosidad de su desgracia, sin que antes lo que en él existía de sagrado le hubiese dado la voz de alarma. El hombre de la tierra y el del cielo caminaban juntos, y cuando el primero empezó insensiblemente a desviarse de la buena senda, el hombre de Dios no le avisó del peligro ni le previno del mal, y Lázaro, obligado a llamar a las cosas por su nombre, vio el peligro en Josefina y el mal en el amor. -- ! La dulzura y la bondad un peligro; el amor un mal! ¿Por qué?