Tristán o el pesimismo by Armando Palacio Valdés

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Elena había logrado tener sus martes. Desde las cuatro recibía en su lindo "boudoir" a los amigos y amigas de más intimidad. Se charlaba, se reía, se tomaba te, se comían bastantes emparedados y se decían no pocas tonterías. Hecho lo cual entre siete y ocho de la tarde marchaba dignamente la elegante sociedad a prepararse con recogimiento para los emparedados y las tonterías de los miércoles de otra no menos amable señora. La institución de estos martes, por venerable que fuese, no había encontrado eco simpático en el corazón de Reynoso. No se opuso a su erección porque jamás contrariaba los gustos de su esposa, pero se reservaba el derecho de no contribuir a su esplendor. Pocas veces se le veía en aquel círculo, y cuando se dejaba ver sólo era por cortos momentos. Formábanlo, en su mayoría, las familias de la colonia veraniega del Escorial que Elena había tenido ocasión de tratar, pero también acudían otros elegantísimos miembros de la alta sociedad madrileña que no reparaban en sacrificar para ello algunas horas de su precioso tiempo.

Aquel día rebosaba de distinción y de elegancia el gabinete y el saloncito contiguo de la bella esposa de Reynoso. Una duquesa, tres condesas, una marquesa y dos vizcondesas; además las de Domínguez y las de Mínguez, emparentadas con lo más elevado e inaccesible de la aristocracia española. Araceli estaba en sus glorias. Empezaba a perdonar a Elena su obscura estirpe en gracia de los muchos títulos que ya acudían a sus martes. Además allí celebraba largas e interesantes conferencias con el primogénito del duque del Real-Saludo y Elena protegía sus amores y la duquesa los toleraba. La razón de esto último consistía en que sus principios impedían a la duquesa el estar de acuerdo con su marido en ningún asunto de este mundo. Erigido en sistema tan saludable precepto, es preciso confesar que desde su juventud fue un modelo de consecuencia. El duque por su parte lo fue igualmente toda la vida de noble terquedad. El matrimonio de Araceli no adelantaba pues un paso, pero sus amores iban a galope. Por la mañana en el balcón, por la tarde en la Castellana o el Retiro, por la noche en el teatro o en los saraos los enamorados no se perdían apenas de vista y aun puede decirse de oído. Pero donde más se placían por la libertad y confianza que gozaban era en casa de Reynoso.

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