Tristán o el pesimismo by Armando Palacio Valdés

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Tristán sólo entró en el comedor para despedirse de su mujer y besar a su hijo. Viéndole pálido y trémulo Clara no quiso darle la noticia de la visita, aquella visita que tanto le pesaba ya sobre el alma. Ella también se hallaba bien turbada por la escena que acababa de adivinar, más que de percibir. Su espíritu, siempre recto, se rebelaba contra el proceder brutal de su marido. Si le hubiera visto menos alterado se lo habría expresado con toda franqueza porque era una valerosa mujer y toda injusticia sublevaba su sangre. Aplazó, pues, también esta explicación para el día siguiente y procuró distraer como siempre sus inquietudes con las gracias de su hijo, mientras Tristán caminaba la vuelta acostumbrada del café. La tertulia literaria, cuando llegó, ardía ya en disputas y bromas. Pronto se dejó vencer por el influjo de aquella ruidosa alegría y se disiparon las sombras que obscurecían su frente.

Olvidó su disgusto. Pero cuando más enfrascado se hallaba en la algazara apareció en la puerta la figura siniestra del paisano Barragán con su eterna zamarra negra, su enorme sombrero y sus barbas hasta el medio del pecho. Los ojos de todos los tertulios se volvieron con sorpresa hacia él y hubo un instante de silencio.

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