Explore "El enemigo" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Paz y su novio convinieron, al separarse, en que ella no escribiría hasta recibir carta de él, y que luego ambos menudearían las sucesivas cuanto les fuera posible; pero desde el instante en que ella se juzgó traicionada, hizo firme propósito de no escribirle una sola vez. Su primera impresión fue una pena tan grande y convicción tan honda de haber sido juguete de un capricho, que consideró inútil todo esfuerzo y baldía toda tentativa para recobrar el bien perdido: después, a las lágrimas de la decepción sucedieron las quejas de la vanidad mortificada; se agriaron los celos y pretendió olvidarle. No hubo sensación triste que no experimentara: lo único que no sintió fue arrepentimiento de haberle concedido su cariño, porque la gratitud a las delicias gozadas pudo más que el rencor a la ofensa recibida. En cuanto a reconquistar la posesión de Pepe, lo supuso imposible: llegó a creer que aquella disparidad de fortuna, tantas veces temida, era la causa verdadera del mal. La desdicha le parecía irremediable; lo sólo que debía procurar era prescindir de su amor, sofocándolo como a sentimiento réprobo, cuya vida ha de ser toda maldición y pena.
Según fueron llegando a sus manos las primeras cartas de Pepe, las rasgó con ira, sin leerlas; pero en vez de tirarlos, guardó los pedazos en el cajón de un mueblecillo. Pasaron muchos días, recibió otras e hizo lo propio, sin contestar a ninguna: mas la violencia que esta entereza le costaba iba poco a poco aumentando. En vano se había condenado voluntariamente a no saber de él: rompía las cartas, pero no lograba acallar los antojos de su fantasía. Aquellos trozos de papel, ilegibles y estrujados con rabia, tenían una fuerza incontrastable: decían que Pepe vivía y se acordaba de ella. Tal era el estado de su ánimo cuando cesó de tener cartas. Dudó primero de la discreción del aya, que era la encargada de recibirlas, y luego pensó que Pepe enmudecía, cansado de no obtener respuestas; mas pronto supo con temor que el silencio de su amante no obedecía a ninguna de estas causas.