Explore "El enemigo" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de la mañana siguiente entraba Pepe en el "hôtel" que aquél habitaba, situado al final de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y bien cuidado, subió las escalerillas, llenas de macetas, que parecían estar custodiando dos magníficos perros de bronce, y entró en el despacho, que formaba parte de la planta baja.
El piso era de maderas ensambladas, las colgaduras magníficas, cómodo y lujoso el mueblaje; todo acusaba mucho dinero. La mesa indicaba orden, gran pulcritud y poca labor: cuanto había sobre ella estaba bien colocado; pero sin que se notase en nada la confusión, propia del trabajo continuo. Los libros eran pocos, ricamente encuadernados, y sin señales de manejo frecuente: no debían ser aquellos los que era preciso ordenar. En dos testeros de pared cubierta de un papel muy oscuro rameado de oro, había dos retratos de mujer. En uno, el traje y el peinado a la moda de 1850, pero, sobre todo, la pintura, lamida como rebuscando finezas, delataban la mano de uno de aquellos artistas que conservaron reminiscencias del estilo elegante de don Vicente López, sin haber adquirido el vigor de los buenos pintores contemporáneos nuestros.