Explore "El enemigo" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Don José comenzó a empeorarse, y con sus molestias, que iban diariamente en aumento, arreciaron los gastos.
En un principio determinaron la dolencia la vida sedentaria, la desmedida codicia en el comer y su natural plétora sanguínea: luego vino el dormirse fácilmente en cualquier parte, el echar vientre y digerir a duras penas, acentuándose la repugnancia a todo esfuerzo físico. Con este desorden en el organismo, manifestó cierta volubilidad de carácter, completándose el cuadro del que los médicos dicen estado artrítico, amén de otros síntomas que llaman sucios, hasta que por fin estalló la enfermedad, fijándosele el dolor en un pie, que se le puso hinchado, de color rojo y con las coyunturas muy sensibles. El primer acceso fue violento en extremo: posteriormente, al acostarse, en seguida conciliaba el sueño; pero al poco rato despertábale la rabia del dolor, tardando algunas horas en recobrarlo; repitiéndose estos exacerbamientos hasta que, posesionado el mal de ambos pies, quedó el infeliz postrado y sujeto a pasar los días de la cama a la butaca, y de ésta a aquélla. Al carácter agudo del padecimiento siguió el crónico; los ataques perdieron en intensidad, ganando en duración; tuvo fiebre, y en lo sucesivo raro fue el día que pasó medianamente. Con tal situación, cuando mayores cuidados y atenciones pedía el enfermo, coincidió el enfrascarse doña Manuela en cosas de la iglesia, y ella, antes tan compasiva y solícita, fue, sin darse cuenta, pecando de olvidadiza y negligente, sin mostrar mala voluntad; pero el resultado era el mismo que si la tuviera. A pesar de estar su vista cansada por los años, emprendió la tarea de bordar un paño de altar para regalo a la parroquia, y mientras tenía caladas las antiparras y la aguja en la mano, aunque su esposo la llamara, tardaba en acudir. El darle las medicinas a hora fija quedó supeditado a más santas atenciones, y comenzó a molestarla el escuchar quejidos, por antojársele muestra de poca esperanza y ninguna resignación. Don José se devanaba los sesos, sin lograr explicarse aquella trasformación ni acertar cómo pudo Tirso trocar tan pronto en beata a la que nunca fue devota, siendo lo peor del caso que no le dio la piedad por el amor al prójimo, ni por arreciar en el cuidado de su casa, sino que miraba el hogar y la familia como objetos inferiores. No decía palabra contra las necesidades ordinarias de la vida, ni renegaba de la materia, ni ensalzaba la superioridad de lo ideal sobre lo terreno, mas claramente se veía germinar en ella la semilla dejada caer por Tirso.