Explore "El enemigo" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
La mañana en que Paz creyó ver demostrada la infidelidad de su amante, llegaron a Madrid noticias de lo mal qué iba la guerra para las armas liberales. El gobierno, queriendo ocultarlo, publicó en la "Gaceta" un parte, que solamente hablaba de pequeñas partidas alzadas en Galicia; pero los periódicos, suplementos y extraordinarios dieron la voz de alarma; con lo cual la sorpresa de la corte fue tan grande como inconcebible estaba siendo su apatía. Cuando la capital se enteró de que los voluntarios del Pretendiente, organizados en divisiones y cuerpos, podían hacer frente a las tropas, nadie dejó de convenir en que era necesario hacer un esfuerzo supremo. En los casinos, cafés y clubs, hasta en los corros de las calles se notó en el centro del día esa efervescencia síntoma de la inquietud popular. Todo el mundo estuvo conforme, se vociferó, se acusó de débil al gobierno, de carencia de disciplina a los soldados, de falta de pericia a los jefes. y por la tarde todo Madrid se fue a los toros.
Se lidian ocho del Duque en corrida de beneficencia. Hora y media antes de la fiesta comienza a romperse la línea de vehículos tendida entre la Puerta del Sol y las Calatravas. Los mayorales, que han pasado la mañana reunidos en grupos, liada al braza la tralla, fumando y escupiendo por el colmillo, mandan noramala a las desharrapadas mozuelas que, con el décimo de la lotería en la mano y la hez del idioma en los labios, van de uno en otro ávidas de piropos soeces; cada hombre se coloca en su puesto, y empieza a oírse el grito tentador: