Explore "El Manco de Lepanto" by Manuel Fernández y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo que envolvía en sus sombras la oscura calle; aguzando el oído por coger una palabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo sus miradores, que le fuese indicio de quiénes eran los que en aquella hora la rondaban, la hermosa indiana estúvose con su doncella Florela; y asomándose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cámara, en la cual había matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; que enamorada estaba, no embargante su viudez, lo que decía con harta elocuencia que, o no había amado al difunto marido, o que le había amado tanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no podía pasarse.
Y el caso era que el nuevo dueño al cual su alma se rendía, había sido tan corto en manifestarla su afición y tan rápidamente había pasado delante de ella, diciéndola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que no parecía hombre enamorado que en ocasión se pone de contemplar a la deidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados sus merecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo del menosprecio; y justamente por esto doña Guiomar le había estimado; por aquella su timidez, la grandeza de su amor había medido; que no hay afición sin cuidado, ni pasión sin ansia; ni es amor el que con mortales recelos no desconfía del logro de la victoria; y esto lo saben bien las mujeres, y tanto más cuanto por su hermosura son más pretendidas y buscadas y acechadas; y doña Guiomar, que lo era grandemente, aunque no saliese de su casa más que entre dos luces, y aun así para ir a la iglesia, sabíalo más que otras.