El Manco de Lepanto

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Cuando los nublados ojos de Cervantes recobraron su claridad, hallose en un aposento, no muy grande, teniendo ante sí a doña Guiomar, que pálido el bello semblante, ardiendo los celestes ojos, demudada toda, descompuesto el traje, le miraba con una tan no vista pasión y sentimiento, que no una mujer creyó tener delante de sí Cervantes, sino algo sobrenatural y nunca imaginado.

Tal parecía doña Guiomar, que todo encarecimiento sería poco para decir de qué manera ardían sus ojos amenazando muerte, manifestando congojas, diciendo desesperados cuanto la rabia, y el despecho, y el dolor, y la agonía, todo junto, y la soberbia, y el espanto, pueden decirse con el lenguaje de la mirada.

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