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Una vez en la calle, Basilio pensó en qué podía ocuparse hasta que llegase la fatal hora; no eran más que las siete. Era la época de las vacaciones y todos los estudiantes estaban en sus pueblos. Isagani era el único que no quiso retirarse, pero había desaparecido desde aquella mañana y no se sabía su paradero. Esto le habían dicho á Basilio, cuando al salir de la carcel fué á visitar á su amigo para pedirle hospitalidad. Basilio no sabía á donde ir, no tenía dinero, no tenía nada fuera del revólver. El recuerdo de la lámpara ocupaba su imaginacion; dentro de dos horas tendría lugar la gran catástrofe y, al pensar en ello, le parecía que los hombres que desfilaban delante de sus ojos pasaban sin cabeza: tuvo un sentimiento de feroz alegría al decirse que, hambriento y todo, aquella noche iba él á ser temible, que de pobre estudiante y criado, acaso el sol le viera terrible y siniestro, de pié sobre pirámide de cadáveres, dictando leyes á todos aquellos que pasaban delante en sus magníficos coches. Rióse como un condenado, y palpó la culata del revólver: las cajas de cartuchos estaban en sus bolsillos.
Se le ocurrió una pregunta ¿dónde principiaría el drama? En su aturdimiento, no se le había ocurrido preguntarlo á Simoun, pero Simoun le había dicho que se alejase de la calle de Anloague.