Explore "Marta y María: novela de costumbres" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
La carta que acabamos de leer señala una etapa importantísima en la vida de nuestros amantes. Ricardo principió por enfurecerse y escribir una larga contestación a su novia, dando por terminadas sus relaciones, que no llegó a enviar a su destino. Después celebró con ella una conferencia, donde se desató en denuestos. Todo cuanto venía escrito en su epístola no era más que un tejido de necedades y simplezas, fabricado adrede para disimular su perfidia. Bien podía despedirle de otro modo menos grotesco, pues ya que no tuviese derecho a su amor, al menos podía y debía exigir la franqueza y lealtad que él había usado siempre; desde mucho tiempo atrás venía notando su frialdad y desvío, pero jamás pudo creer se sirviese para desatar el lazo que los unía de pretexto tan ridículo, etc., etc. María recibió con humildad tal granizada de insolencias, afirmando con palabras tiernas y persuasivas, siempre que le dejaba un instante para hablar, que le seguía amando con toda su alma; que podía poner a prueba su amor siempre que quisiera, pues resuelta estaba a hacer por él cuantos sacrificios exigiese menos el de su conciencia; que le atravesaban el pecho las sospechas de traición y de engaño, pero que se las perdonaba, teniendo presente el estado de exaltación en que se hallaba; que sentía igualmente en el alma que calificase de grotescos y ridículos los móviles de su resolución, cuando ella los tenía por tan respetables, y, en fin, que le rogaba se calmase.
Ya que hubo desahogado su bilis el joven marqués, sin resultado, comenzaron a desmayar sus ánimos y entró por el camino de las buenas razones, pasando en seguida al de los ruegos, aunque sin lograr mejor éxito. Empleó todos los recursos del ingenio y el lenguaje tierno y expresivo que le dictaba su honrado corazón a fin de convencerla de que ni ella ni él se hallaban, por fortuna, en el caso de ponerse a llorar sus pecados como dos criminales, pues si no eran más buenos, por lo menos lo eran tanto como el vulgo de los mortales; y en cuanto a tino y seso para gobernarse y gobernar a sus hijos en el matrimonio, no se creía tampoco menos apto que los demás, y que, en último término, pasarían por donde otros pasaron. Todo fue inútil. La joven opuso razones a razones y un silencio firme y obstinado a las súplicas salpicadas de ternezas de su amante.