Marta y María: novela de costumbres

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El rocío de la Gracia seguía cayendo copiosamente sobre el alma de la primogénita de los señores de Elorza. Las virtudes cristianas florecían en ella como rosas místicas henchidas de fragancia, y uno por uno, con la impaciencia y ardor que imprimía a todas sus acciones, iba subiendo los peldaños de la escala de perfección que conduce al cielo. Sus actos de caridad y de humildad no sólo llenaban de asombro a las personas que vivían cerca de ella, sino que se esparcían ya por toda la villa, sirviendo de ejemplo edificante a jóvenes y viejos y de tema a las conversaciones de sacristía. Los ayunos y penitencias de toda clase, cada vez más frecuentes y ásperos, aumentaban el entusiasmo y la seráfica alegría de su alma, pero enflaquecieron al cabo notablemente el cuerpo. Su frágil naturaleza empezaba a rebelarse contra tanta mortificación y a mostrarse dolorida a cada instante, unas veces en el corazón, otras en el estómago, otras en la cabeza, aunque todo lo sufría con una resignación digna de envidia, y sin que la hiciesen cejar en sus santos propósitos. Padecía frecuentes desmayos, que la tenían largo tiempo sin sentido, y fuertes convulsiones. Algunos días, así que tomaba alimento lo devolvía, y en otros se quejaba de agudos dolores de cabeza.

Don Máximo comenzó a recetar los preparados de hierro, baños de mar y vino de quina, con cuya medicación algo se mejoró, aunque poco. El doctor concluyó por afirmar que mientras no cambiase enteramente de régimen de vida no desaparecerían estos achaques; pero fue imposible reducirla a ello.

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