La hermana San Sulpicio

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Matildita, como he dicho antes, debía de sospechar el deplorable resultado de mi entrevista con el capellán del colegio del Corazón de María. No hacía más que dar vueltas en torno mío y tirarme cuanto podía de la lengua, a fin de cerciorarse de la verdad del caso, o por ventura para meter su naricita en mis negocios y satisfacer el inmoderado afán de dar consejos que la atormentaba. Como no tenía gran interés en ocultar la derrota, pues ya se había disipado en parte la vergüenza que me produjera, concluí por confesarlo todo. Fuertes aspavientos de la chiquilla. No cabía en sí de indignación. Me hizo repetir varias veces la repugnante grosería usada por el clérigo conmigo, y me dijo que ella no la hubiera sufrido. Esto no me pareció bien. Pero le hice ver en seguida los inconvenientes que habría traído consigo cualquier resolución violenta en tal momento, y concluyó por convenir en que mejor había sido «el despresiarle». Después de quedar unos instantes silenciosa en actitud reflexiva, abrió la llave de los consejos. En su opinión, lo que yo debía hacer ahora era presentarme a la madre de Gloria, pintarle mi pasión por su hija, echarme a sus pies y suplicarle que la sacase del convento y nos permitiese casarnos y ser felices. El consejo era poco práctico, y me convenció de que los amores del aspirante a telégrafos habían dejado en el espíritu de Matildita una huella indeleble de romanticismo.

Mejor lo tenía yo pensado. En esto de ver las cosas como son y conseguir lo que nos proponemos, me parece que nadie saca ventaja a los que hemos nacido en los valles pintorescos de Galicia. Ya diré más adelante lo que mi mente, apretada por la necesidad, urdió para alcanzar lo que apetecía.

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