La novela de un novelista

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Mi madre fué toda su vida un frágil cristal de Bohemia. No podía llamarse en verdad mujer a una criatura tan débil, tan delicada y próxima a extinguirse que cualquier ráfaga de aire podía apagar en la hora menos pensada. Ella lo sabía, todos lo sabíamos; por eso nuestra gran preocupación en la casa era atajar el paso por cuantos medios se hallaban a nuestro alcance a esta ráfaga traidora. Así que veíamos en su estancia una puerta entreabierta nos precipitábamos llenos de terror a cerrarla. Si se arriesgaba a salir de la sala para ir a otra habitación, los unos iban delante como heraldos a prevenir que se cerrasen balcones y ventanas, los otros como escolta para impedir que algún imprudente abriese las puertas laterales. No hay para qué decir que en esta tarea sanitaria se distinguía por su ardor y destreza mi padre, el cual sentía por su esposa la adoración de un enamorado y la ternura de un padre.

Mi pobre madre vegetaba en un rincón del sofá envuelta en su chal de lana trabajando con el ganchillo de marfil. Por las noches le placía hilar con aquella su artística rueca de que ya he hablado. Era primorosa en todas las labores femeninas y sus dedos, aunque tan delicados, incansables. ¡Oh Dios mío, cuán delgados y frágiles eran aquellos dedos! Una de mis aprensiones dolorosas era verlos quebrarse cualquier día.

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