Maximina by Armando Palacio Valdés — Read

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Enrique había conseguido, por fin, abrazar el fantasma divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fué en la plaza de Vallecas, el día de Nuestra Señora del Carmen. La novillada se organizó en Madrid, para socorrer á ciertos pobres inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invitó galantemente á banderillear un toro, honor que él declinó. La comisión se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Después de hacer algunos cálculos y combinaciones, le invitó de nuevo á estoquearlo, y entonces no vaciló en aceptar, viendo á cubierto su dignidad. Hacía lo menos un año que había tomado la alternativa.

Y fué, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus envidiosos y honra de la respetable familia á que pertenecía, por más que otra cosa juzgase su digno jefe. Después de una brega un poco movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada á volapié, mojándose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurómacos se disputaban el honor de abrazarle. Fué conducido en triunfo hasta el coche y victoreado hasta Madrid. Al día siguiente, los periódicos, haciendo la revista de la novillada, le ponían sobre los mismos cuernos de la luna. "El Tábano", periódico severísimo, dedicado exclusivamente á la fiesta taurina, le dijo que tenía "sangre" y "vergüenza", y este elogio, algo brutal, sin saber por qué, le hizo tambalear de gozo. La noche pasóla en vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueñas. Por la mañana se dedicó á limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea nobilísima, tuvo la satisfacción inefable de recibir la oreja del toro por él inmolado, que le remitía la comisión en una bandeja de plata. El criado, después de recibir una propina desusada, le dijo, el corazón postrado de admiración:

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