Explore "Don Guillermo" by José Victorino Lastarria on Textopian. Read with annotations and highlights.
¿Quién no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesémoslo llanamente: nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dejó de ser el mas célebre de los filibusteros de la antigüedad, ni sus capitanes dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos, aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i éstos con las trescientas damas que de tan largas distancias acarreó consigo aquella reina de puro enamorada. Ni Julio César ha dejado de trasmitimos su gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que llegó a ser el terror de los maridos romanos, i mereció que sus soldados le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando: -- "Romani, servate uxores, adducimus Calvum", dicho que con su acostumbrada sabiduría nos recuerda el sério señor de Brantome.
Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era ántes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una casa de comercio de Valparaiso, tenia hácia sus veinticuatro años tanto aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar café hasta las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.