Explore "La alegría del Capitán Ribot" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nuestro paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de "Tonet", donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este "Tonet", verdadero moro por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina.
Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas, entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos, dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su música promovía.