La alegría del Capitán Ribot

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La puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.

A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos, persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.

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