Hombres y glorias de América by Enrique Piñeyro

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Cuando en Junio de 1860 presentaron su amargo informe los tres senadores demócratas, más de medio año los separaba ya del asalto de Harper's Ferry; el atentado y la muerte de Brown y sus compañeros habían perdido la novedad del interés, y en el rápido sucederse de cosas extraordinarias en ese período eran ya episodios de una historia lejana, que á jueces más desapasionados, no á políticos militantes, tocaba juzgar. La ansiedad general iba ahora tras peripecias más violentas todavía, que cambiaban la escena y transformaban la posición de los personajes con desusada prontitud. Ya el partido republicano lleno de redoblado vigor había celebrado su Convención en Chicago y escogido candidatos para la campaña presidencial de Noviembre. Ya el temido cisma del absorbente partido demócrata había estallado en la Convención de Charleston, dividiéndolo en dos fracciones irreconciliables con tendencias y programas absolutamente diferentes.

El malhadado empeño de introducir la esclavitud en Kansas y crear nuevos estados con intereses que los atasen á la suerte de los que ya penaban bajo esa perniciosa institución, designio que desde sus albores en 1854 había desencadenado tempestades, borrado linderos de los partidos, confundido inmediatamente y de muy diversa manera congregado después los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos electorales, creado en fin una oposición robusta dotada de espíritu indomable é intentos bien definidos, -- se había vuelto ya contra los imprudentes que lo idearon, lo formularon y pusieron en marcha. El plan por Douglas, si no creado, ampliado y defendido, de considerar la esclavitud como problema meramente local que resolverían por sí solos los habitantes de cada territorio, quedó desarticulado y sin eficacia al decidir la mayoría de los colonos en Kansas que no les servía, que no lo querían. Entonces los políticos del Sur abandonaron la enseña del senador de Illinois, renegaron de su sistema, echándolo á un lado como arma sin filo ú objeto baldío, y quedó el antiguo adalid rodeado únicamente de amigos personales, mal mirado por los que habían creído en él como signo de victoria y ya no sentían respeto ó simpatía ni por su persona ni por sus ideas.

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