La maja desnuda by Vicente Blasco Ibáñez

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La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su mujer, temiendo que ésta notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la hija del «ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por haber descendido á unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener con el pincel las comodidades de que había rodeado á Josefina.

Él, que tanto había despreciado el arte "industrial", la pintura por dinero á que se entregaban sus camaradas, imitó á éstos, pero con la vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó gritos de protesta este competidor incansable que abarataba escandalosamente los precios. Había vendido su pincel, por un año, á uno de aquellos mercaderes judíos que exportaban pintura al extranjero; á tanto la pieza, y con prohibición absoluta de pintar para otro comerciante. Renovales trabajaba de la mañana á la noche, cambiando de asuntos cuando así lo exigía aquel que llamaba su empresario. «Basta de "chocharos": ahora moros.» Después los moros perdían su valor en el mercado y entraban en tanda los mosqueteros en gallardo duelo, los pastorcillos sonrosados á lo Wateau ó las damas de cabello empolvado, embarcándose en una góndola de oro al son de cítaras. Para refrescar el surtido, intercalaba una escena de sacristía con gran alarde de casullas bordadas é incensarios dorados, ó alguna bacanal, imitando de memoria y sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de ámbar del Ticiano.

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