Marcela by Eduardo Zamacois — Read

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Desde el quicio de su puerta, Juan Antonio avizoraba todas las tardes á Marcela, que volvía de la fuente con el pesado cántaro sobre la cabeza, erguido el talle, las manos en los cuadriles, aumentando con su corto y menudo andar el picante titubeo de sus caderas poderosas. Juan Antonio reía embelesado viéndola acercarse: ella pasaba indiferente, plegando los rojos labios con un depresivo mohín desdeñoso, como si las sonrisas y las ardientes miradas y todo el apasionado embobamiento del mozo no fuesen otras tantas pruebas de amor quemadas, á guisa de incienso, en honor de su perfecta gentileza y bizarría; y cuando se alejaba orgullosa, inaccesible, pisando corto, y diciendo no, no. con las caderas, los ojos de Juan Antonio chispeaban de rencor, un estremecimiento doloroso mordía su carne, y el pliegue trágico de las venganzas cortaba su frente.

Una tarde, Juan Antonio, no pudiendo dominar las furiosas acometidas de su pasión, salió del pueblo y fué á sentarse junto á unos bardales por donde Marcela solía pasar de vuelta de la fuente. La conversación fué breve, decisiva, como las conversaciones que preparan los duelos á muerte. Ella empezó diciendo que no le quería y que jamás podría traicionar á Fermín, su esposo, á quien estaba unida por los vínculos del cariño y del deber; Fermín era su Dios, su rey; á él se lo debía todo: la casa que habitaba, las ropas que cubrían su cuerpo.

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