Explore "En presidio" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
El acusado, sentado en el fatal banquillo por donde pasan los que un arrebato de codicia ó de cólera puso fuera de la ley, escuchaba el terrible informe acusatorio del fiscal con los ojos fijos en la tierra, que le atraía como reclamando ya la inmediata posesión de aquella pobre carne condenada al patíbulo. Era un mozo de veintiocho á treinta años, moreno, con cejas fuertes y pupilas brillantes y sangrientas como brasas; la cabeza cuadrada y terca, los hombros anchos, las manos cortas y gruesas de matador que no tiembla al herir.
El fiscal terminaba su discurso pidiendo para Gerardo López la pena capital. El crimen del acusado era una de esas terribles hazañas que, de cuando en cuando, rompen la uniformidad de la vida diaria, calofriando la sociedad con un estremecimiento de horror. La tarde del crimen, Gerardo llegó á su casa inopinadamente, cuando todos le creían en la fábrica; la puerta estaba entornada; aquello le sorprendió. Dentro, en la pequeña habitación que servía simultáneamente de gabinete y comedor, resonaban las confusas voces de un hombre y una mujer. El marido avanzó cautelosamente sobre la punta de los pies, conteniendo el aliento. Al llegar al término del pasillo, reconoció á los que con tanta vehemencia y misterio discutían: eran su mujer y don Cleto, el casero, á quien adeudaban tres meses de alquiler: él, sofocado por el torvo deseo carnal que le oprimía la garganta, jadeaba asegurando que todo aquello tendría fácil arreglo si ella era complaciente. La esposa le rechazaba enérgicamente, sintiendo que aquella innoble proposición flagelaba su rostro como un látigo. Entonces don Cleto arremetió á la joven empujándola hacia un sofá. Este fué el momento elegido por Gerardo López para perpetrar su crimen: sin pensar que á la generosidad de su víctima debía haber dormido bajo techado aquellos tres últimos meses, cayó sobre ella derribándola al primer mazazo de sus manos hercúleas; luego le cogió por el cuello, arrastrándole, magullando su ensangrentada cabeza contra los muebles y, finalmente, le mató arrojándole á la calle desde la altura de un cuarto piso.