Explore "La comedianta" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Echado afanosamente sobre la barandilla del palco, con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del desdichado que siente la angustiosa atracción de los abismos, Claudio Roldán espiaba las movimientos de Matilde, la actriz prodigiosa en quien hallaban eco todas las notas de la gama sentimental: el cariño y el odio, la duda y la fe, los arrebatos del deseo y el amor reservado y discreto de las vírgenes.
Matilde estaba en la plenitud de sus facultades y en el apogeo de su belleza. Su voz, clara y dulce, resonaba en el teatro con inflexiones suaves, resbalando cariciosa sobre la cabeza de los espectadores atentos; luego, en los recitados, la tiple se metamorfoseaba en verdadera actriz; el genio hermoseaba sus ojos; una sonrisa dulce, como promesa de amor, embellecía sus labios; su rostro brillaba bajo el casco de sus cabellos rizosos y sus ademanes adquirían elegancia y desenfado encantadores. Y mientras Matilde representaba, Claudio Roldán, fascinado, iba acercándose á la barandilla del palco, adelantando el busto, alargando el cuello con un embeleso en que había algo fatal.