Noli me tangere by José Rizal

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Casi á orillas del lago está el pueblo de San Diego [43] en medio de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas ó los vende malbaratados al chino, que explota la candidez ó los vicios de los labradores.

Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan, entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la hermosura del panorama que se ofrece á su vista. En medio de aquel cúmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro [44], separados por huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora ó la Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga, una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de roca, esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre dos elevadas orillas á que se agarran haciendo contorsiones árboles de raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha y remansa. Allá, más á lo lejos, una casita, construída al borde, desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues ó puntales, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para acometerle. Troncos de palmeras ó árboles con corteza aún, movedizos y vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que no es de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan, con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza, ó del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.

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