Noli me tangere by José Rizal

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De extremo á extremo estaba lleno el camarín, que los hombres asignan por casa al Criador de cuanto existe.

Se empujaban, se oprimían, se machucaban unos á otros, exhalando ayes los pocos que salían y los muchos que entraban. Todavía, desde lejos, extendíase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita, pero á lo mejor venía la oleada y apartaba la mano: entonces se oía un gruñido, una mujer pisoteada renegaba, pero continuaban los empujones. Algunos viejos que conseguían refrescar sus dedos en el agua aquella, ya de color de cieno, en donde se lavara una población entera con más los forasteros, se untaban con ella devotamente, si bien con trabajo, el cogote, la coronilla, la frente, la nariz, la barba, el pecho y el ombligo, en la convicción de que así santificaban todas aquellas partes y no padecerían ni tortícolis, ni dolores de cabeza, ni tisis, ni indigestiones. Las personas jóvenes, bien porque no fuesen tan enfermizas ó no creyesen en aquella sagrada profilaxis, apenas humedecían la puntita del dedo -- para que la gente devota no tuviese nada que decir, -- y hacían de señalar la frente sin tocarla, por supuesto. «Será bendita y todo lo que se quiera,» pensaría alguna joven, «¡pero tiene un color!»

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