La puchera by José María de Pereda — Read

Explore "La puchera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.

Con pensar como pensaba y creer lo que creía el Berrugo sobre el "dogma" de las minas de "oro puro" y de los tesoros enterrados, había llegado á viejo sin dar á la versión vaga y confusa acerca de los del "Pirata", mayor importancia que la que pudiera darle el aldeano menos iluso de los contornos de la Ribera. Consideróla siempre como «dichos de las gentes, á tontas y á locas;» y ocurriendo además que estos dichos sonaban muy poco y muy de tarde en tarde, hasta llegó á olvidarse de ellos. Las noticias sobre tesoros ocultos habían de ser de otra casta muy diferente para que don Baltasar las diera crédito, y de llegar á él muy de otro modo: con los mayores visos de formalidad y con los requisitos que pedían «esas cosas tan serias;» en fin, por el estilo de las dos que él llevaba recibidas hasta entonces: una de Ceuta y otra de Santoña. ¡Aquéllas sí que eran noticias! En un enorme cartapacio, la historia minuciosa del tesoro, acompañada del plano del terreno. Buenos cuartos le habían costado, y aún estaba el fruto sin recoger; pero el tiempo no envejece, y ya se vería el resultado á la hora menos pensada. En último caso, y dando por supuesto que los denunciantes hubieran fenecido en la empresa del desentierro, allí estaban aquellos papeles que no podían mentir, con sus planos en toda regla para guiarle á él, si quería desenterrarlos por sí mismo; y un viaje al campo de Algeciras y otro á cierta cañada de los puertos del Asón, no eran, en los actuales tiempos, hazañas del otro jueves. Por de pronto, dos adivinas de la ciudad, con quienes había consultado sus dudas en otras tantas ocasiones, le habían dicho que aguardara con fe lo prometido por aquellos honrados sujetos de Ceuta y de Santoña; y con la fe de un hebreo seguía aguardando, porque nunca fallaba la palabra de una adivina, cuanto más la de dos.

Un día, no mucho antes de conocerle el lector, fué á consultar á una muy afamada de la villa próxima, sobre el paradero de un novillo que se le había extraviado y no parecía por ninguna parte. La adivina le dijo qué dirección había tomado el animal y en qué sitios debía buscarle; y ya se disponía el crédulo á pagar á la prodigiosa mujer la media peseta convenida por la consulta, cuando la tal, clavándole los ojos muy encandilados y mostrándole la baraja con una carta medio desprendida de ella, le dijo en voz de espectro embriagado:

Reading navigation