La puchera by José María de Pereda — Read

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En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar, porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había corrido tanto mundo!.

Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se "barciaran" con gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa salada, se picó de veras y cantó claro.

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