La puchera by José María de Pereda — Read

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¡Era imposible que mujer alguna se hubiera visto jamás en una situación tan desesperada como la suya! Esto fué lo primero que se le ocurrió á Inés, abarcando con el pensamiento todo el cuadro de sus desdichas; y como por evocación milagrosa, surgió de pronto en su memoria el recuerdo venerado de su madre. Nunca supo ella de qué enfermedad había muerto, después de padecer tanto y tanto; pero desde niña, andaban siempre asociados en su memoria á los recuerdos de las grandes melancolías y desfallecimientos de la mártir, el de las durezas de su padre y el de los atrevimientos de la criada: la misma Romana, aunque no tan repulsivamente fea como la que á ella la estaba martirizando.

Jamás podía pensar en lo uno sin que á ese pensamiento siguiera el pensamiento de lo otro. Eran ambos recuerdos necesariamente inseparables, como las figuras de un mismo cuadro. Y viendo por la propia experiencia lo que dolían las inclementes durezas de su padre y los inconcebibles atrevimientos de la criada, ¿no era bien llano y natural suponer que la enfermedad de esas mismas durezas y de esos mismos atrevimientos fuera la que había martirizado á su madre hasta quitarle la vida? ¡Y ese mismo martirio había comenzado ya para ella, sola, desamparada de todos, encerrada entre cuatro paredes, sin un alma que se apiadara de sus ignorados sufrimientos!. Una había, sí, una, capaz no sólo de compadecerla, sino de padecer por ella; pero ¿cómo enterarle de lo que sucedía en aquella cárcel? Y aunque se enterara, ¿de qué serviría, si aquellas puertas estaban cerradas para todos, y principalmente para él? ¡Y después de haberle conocido y de haber soñado un mundo tan hermoso para los dos, aquel negro cautiverio, aquel martirio incesante. y para siempre, para siempre, y ella al principio de la vida! ¡Imposible! No cabían en lo humano resignación ni fuerzas bastantes para arrastrar una cruz así. Morir de una puñalada ó de un veneno de la infame carcelera, menos mal; pero pisoteada, escarnecida, vilipendiada por ella; morir de sus improperios, de sus insolencias, de sus asquerosas altiveces, y sabiendo la víctima que este género de muerte le autoriza y le aplaude su propio padre, el que estaba obligado á defenderla y ampararla.

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