La puchera by José María de Pereda — Read

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Á la hora convenida con el Lebrato, y después de decir misa, estaba don Alejo en la barquía, con un chaquetón negro y un "galero", negro también y también viejo, porque el chaquetón lo era: únicas prendas que llevaba encima, diferentes de las de todos los días. Llevaba muchas cosas que contar; y con la promesa de ir haciéndolo por el camino, agarró la caña del timón; bogaron el Lebrato y Pedro Juan, y comenzó la barquía á deslizarse por la Arcillosa adelante. Estaba la mañana como la mejor de primavera, y esto acababa de transportar al animoso párroco á los buenos tiempos de sus aficiones de «pescador de altura,» como él se llamaba á sí propio con gran énfasis. Para explotarlo todo y no perder el tiempo, en cuanto desembocó en la ría largó un aparejillo de "sereña", de su propiedad, cuyos anzuelos había encarnado poco antes; y así las cosas, remando firme el Lebrato y Pedro Juan, y avanzando mucho la barquía, dió principio el cura á sus relatos, mientras gobernaba con una mano y sacudía blandamente con la otra el aparejo tendido.

Lo de Inés se había arreglado tan puntual y guapamente como lo tenía calculado él. Estaba ya bien libre, la pobre, por todos los días de su vida, de caer en la infame ratonera de que se había escapado por un milagro de Dios. En otra, harto más llevadera, la encerraría él muy pronto, y en buena compañía. ¡Que fuera la Galusa á hincarle las uñas allí! Había sido muy de notar el sosiego con que recibió el Berrugo la notificación del depósito de su hija. Refirió también lo que sabía de los pasos dados inútilmente por las gentes de la casa, y bien á la fuerza, por la autoridad, en busca de la fugitiva; y aseguró que Marcones, al encararse con él, había sido bien despachado.

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