De sobremesa; crónicas 3 by Jacinto Benavente

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Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural prurito de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que el Teatro dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos, y viceversa. Pero ¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos? ¿Llenaríamos con él algún vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el teatro pretendía ser educativo, ya en el más amplio sentido moral ó en el puramente artístico, ¿qué provechosa enmienda podría esperarse en nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar sabiduría que el árbol ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de enderezar, en todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de los años? Ni "La corte de Faraón" ni el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas, cuyo mejor anuncio es el de la pérdida de su equipaje, podrían realizar el milagro.

¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados y á otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no necesitan de un teatro especial en donde solazarse. No de los viejos, de los decrépitos, pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el chiste de Instituto y de café estudiantil, para regocijo de viejos más verdes que los chistes. Y no os engañen algunas caras juveniles de los espectadores; no está en la cara la edad, sino en el espíritu, y por esos teatros, como por los meetings clericales de estos días, no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil lleva por dentro la vetustez de diez siglos.

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