Explore "De sobremesa; crónicas 3" by Jacinto Benavente on Textopian. Read with annotations and highlights.
Saludemos á dos autores noveles, no desconocidos: los Sres. Godoy y Alberti, triunfadores en el concurso de obras dramáticas abierto, con excelente acuerdo, por el Ayuntamiento y por la empresa del teatro Español. El nombre de los autores, vigoroso poeta el uno, literato de gran cultura el otro, tanto como el nombre de los jurados, garantiza el acierto. Razón hay para esperar la más favorable confirmación por parte del público; aunque un público del que han de formar parte muchos de los concursantes no favorecidos, no es para deseársele á nadie. El teatro Español, por su carácter oficial, por disfrutar de una subvención, es el que menos puede excusarse de admitir obras de autores noveles. Quédese para los empresarios industriales el creer que sólo conviene á su negocio representar obras de autores consagrados, que, á veces, en una sola equivocación perjudican más que favorecieron con diez aciertos. Hay que convenir en que el público, rutinario siempre, es cómplice de las empresas en esto de no interesarse más que por las obras de un limitado número de autores. Si el público mostrara mayor interés por conocer obras nuevas de nuevos autores, yo creo que las empresas procurarían complacerle. Tanto, pues, como vencer la resistencia de las empresas y de los autores monopolizadores, importa vencer la desconfianza del público. Esto sólo ha de lograrse en fuerza de grandes aciertos. Pero es preciso dar facilidades para que sean posibles. Según las mejores referencias, á la obra premiada hay que añadir otras muy estimables entre las presentadas al concurso.
Las empresas de los diferentes teatros, en justa proporción, deben admitirlas para su representación en la temporada próxima. Conveniente sería establecer por costumbre, ya que sobre ello fuera algo tiránico legislar, que un mismo autor no pudiera estrenar más de una obra por temporada en el mismo teatro. Nadie iría perdiendo. El público hallaría mayor novedad, los actores evitarían el amaneramiento que trae, sin darse cuenta, el representar obras del mismo corte, y los autores más admirados el peligro de fatigar la admiración, lo más fatigable que existe.