Read "La odisea" by Homer online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
1 Mientras así dormía el paciente y divinal Ulises, rendido del sueño y del cansancio, Minerva se fué al pueblo y á la ciudad de los feacios, los cuales habitaron antiguamente en la espaciosa Hiperea, junto á los Ciclopes, varones soberbios que les causaban daño porque eran más fuertes y robustos. De allí los sacó Nausítoo, semejante á un dios: condújolos á Esqueria, lejos de los hombres industriosos, donde se establecieron; construyó un muro alrededor de la ciudad, edificó casas, erigió templos á las divinidades y repartió los campos. Mas ya entonces, vencido por la Parca, había bajado al Orco y reinaba Alcínoo, cuyos consejos eran inspirados por los propios dioses; y al palacio de éste enderezó Minerva, la deidad de los brillantes ojos, pensando en la vuelta del magnánimo Ulises. Penetró la diosa en la estancia labrada con gran primor en que dormía una doncella parecida á las inmortales por su natural y por su hermosura: Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo; cabe á la misma, á uno y otro lado de la entrada, hallábanse dos esclavas á quienes las Gracias habían dotado de belleza, y las magníficas hojas de la puerta estaban entornadas. Minerva se lanzó, como un soplo de viento, á la cama de la joven; púsose sobre su cabeza y empezó á hablarle, tomando el aspecto de la hija de Dimante, el célebre marino, que tenía la edad de Nausícaa y érale muy grata. De tal suerte transfigurada, dijo Minerva, la de los brillantes ojos:
25 «¡Nausícaa! ¿Por qué tu madre te parió tan floja? Tienes descuidadas las espléndidas vestiduras y está cercano tu casamiento, en el cual has de llevar lindas ropas, proporcionándoselas también á los que te conduzcan; que así se consigue gran fama entre los hombres y se huelgan el padre y la veneranda madre. Vayamos, pues, á lavar tan luego como despunte la aurora, y te acompañaré y ayudaré para que en seguida lo tengas aparejado todo; que no ha de prolongarse mucho tu doncellez, puesto que ya te pretenden los mejores de todos los feacios, cuyo linaje es también el tuyo. Ea, insta á tu ilustre padre para que mande prevenir antes de rayar el alba las mulas y el carro en que llevarás los cíngulos, los peplos y los espléndidos cobertores. Para ti misma es mejor ir de este modo que no á pie, pues los lavaderos se hallan á gran distancia de la ciudad.»