Explore "De sobremesa; crónicas 4" by Jacinto Benavente on Textopian. Read with annotations and highlights.
Algunas señoritas estudiantes se quejaron de que sus compañeros masculinos las habían tratado con cierta desconsideración, que no era por ningún modo en menosprecio del sexo, como suele apreciarse en veredictos judiciales, más bien todo lo contrario. Algunos escritores, y en particular una vehemente escritora, afearon, en artículos llenos de indignación, la conducta de los estudiantes. Estos, por su parte, protestaron contra las quejas de sus compañeras, por juzgarlas infundadas, y doblemente contra la indignación de los escritores, que de tanto extremar su agradecido papel de paladines de damas, venían á parar en ponerlas de vuelta y media en la parte más noble y elevada de la feminidad: en la de madres. De suerte que, al arremeter contra el sexo fuerte, era el débil el que venía á pagar de rechazo. Esto me recuerda á un amigo mío que, refiriéndole en cierta ocasión cómo un sujeto había insultado á su propia madre de muy mala manera, exclamaba indignado: -- ¿Qué me dice usted? ¡Que ha insultado á su madre, ese hijo de!. -- Y aquí ponía un calificativo con el que quedaba la pobre señora peor parada que con todo cuanto su hijo hubiera podido decirla.
Yo no sé si, en efecto, algún estudiante se habrá propasado algún día con alguna de sus compañeras; es muy difícil apreciar lo que se entiende por propasarse, concepto puramente subjetivo, como la poesía lírica. Vaya porque alguna expansión masculina haya podido alarmar el pudor femenino. Las horas de estudio no son horas de galanteos, dicen los estudiantes. ¡Ay! Este es el error. En contacto hombres y mujeres, no es posible otra cosa. Este será el eterno obstáculo de la coeducación. O las compañeras estudiantes serán desgraciadillas, y en ese caso, ¿cuánto va á que no agradecen la indiferencia de sus compañeros?; ó si algo valen, no hay remedio, con mejores ó peores formas, han de sentir á su alrededor el resoplido del deseo excitado á su paso.