De sobremesa; crónicas 4 by Jacinto Benavente

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Que el hombre es un animal social, aunque haya muchos insociables, lo sabíamos desde muy antiguo. Tan social, que no satisfecho con formar parte de la sociedad civil que, por nacimiento y consiguiente inscripción en el Registro le corresponde, todavía se desvive por ingresar en otras muchas Sociedades, Círculos, Corporaciones, Cofradías ó Logias; que hay designaciones para todos los gustos. Esta natural tendencia del hombre á la agrupación, parece que debiera facilitar el triunfo del socialismo en breve plazo. Mas ¡ay! una cosa es la Sociedad grande, donde el individuo se encuentra disminuído, y otra esas Sociedades pequeñas, donde cada uno se crece y se refuerza y se envalentona, hasta adquirir un carácter que él mismo no se conocía.

A mi juicio, esto es lo más interesante que puede observarse al paso de una procesión religiosa ó de una manifestación laica: el aire altivo, enérgico, arrogante, con que se nos muestran muchos buenos señores y pobres hombres, conocidos por tales en su vida y costumbres particulares y casi desconocidos en aquella transfiguración procesional. Hay cofrade que, con su cetro en mano ó su cordón de estandarte, su medalla al cuello y su levita cívico-religiosa, parece que desafía al mundo entero, una vez metido en procesión: -- ¡Eh! ¿Qué tal? -- nos va diciendo á cada solemne paso. -- Creo que somos una fuerza. -- ¡Habrá que verle en casa, zarandeado por la señora y las niñas, ó en la oficina, burro de carga de todos sus compañeros!

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