Explore "El niño de la bola" by Pedro Antonio de Alarcón on Textopian. Read with annotations and highlights.
No necesitamos describir, por ser cosa que se adivinará fácilmente, el profundísimo dolor, mezclado de admiracion y entusiasmo, que produjo en toda la Ciudad y pueblos limítrofes la muerte del buen caballero, ni tampoco el magnífico entierro que "le costearon" sus iguales, dado que en él hubiese algo que "costear", que no lo hubo, á Dios gracias, pues hasta la música de la Capilla de la Catedral asistió de balde, y el cerero no quiso cobrar la merma, y todas las Parroquias concurrieron "grátis" y espontáneamente á compartir con la del difunto el señalado honor de dar tierra y descanso á aquellos gloriosísimos restos. -- Diremos tan sólo, para que se vea hasta dónde llegó el delirio público, que la tarde de la fúnebre ceremonia (á la cual no asistió el usurero) no le cabia á nadie duda de que el mismo "Caifás", en premio de la sublime accion de D. Rodrigo, se contentaria con reintegrarse de los diez ó doce mil duros que efectivamente le habia prestado y con una ganancia regular y módica, dejando el resto de los bienes para el pobre huérfano, de edad de diez años, que se quedaba solo en el mundo, sin más amparo que la misericordia de los buenos.
Pronto salieron de su error aquellos ilusos. Don Elías no aguardó siquiera á que acabase de humear el incendio de su casa (donde, dicho sea entre nosotros, habia perdido únicamente el valor del edificio y seis ú ocho mil duros en ropas y muebles, en las alhajas de su hija y en un poco dinero contante y sonante), sino que, el mismo dia del entierro del caballero, presentó al juzgado los vales y recibos de éste, reclamando la "totalidad del adeudo", ó sea tres millones de reales en números redondos.