Explore "El misterio de un hombre pequeñito" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla había adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado mucho.
El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y severo, le decía: