Explore "De sobremesa; crónicas 2" by Jacinto Benavente on Textopian. Read with annotations and highlights.
El sentido moral indignado sería muy respetable si se indignara á tiempo y con absoluta justicia. Por ejemplo: con tantos malos maridos y peores padres como andan por todas las esferas sociales; con el que vive á costa de su mujer ó de la ajena; con el que no repara en transmitir á sus hijos dolorosa herencia de enfermedades, por lograr su bienestar con un matrimonio conveniente; con el funcionario torpe ó prevaricador; con el adulterador de substancias alimenticias; con el usurero sin entrañas; con el explotador sin conciencia. En todos éstos podía emplearse mejor esa indignación derrochada por ligeros indicios contra mujeres indefensas, siempre respetables. La descortesía masculina sería disculpa en este caso, y en otros parecidos, de lo mismo que con ella pensaban castigar. Si así son los hombres, se comprende que toda mujer de sentimientos delicados procure evitarlos.
De estas cosas, como de la influencia clerical en el espíritu de las mujeres, como de todos sus extravíos, tiene siempre la culpa el hombre, por su grosería ó por su indiferencia. La mujer necesita una fe, un apoyo, una creencia en algo, humano ó divino. Si el hombre renuncia á ser el sacerdote de su casa, en doctrina y en ejemplo, ¿cómo impedir que la mujer acuda á otros altares, paganos ó cristianos? La mujer que acude al hombre de su cariño en demanda de ayuda y consejo y le oye contestar desalmado: «¡Déjame en paz! ¿Qué entiendo yo de eso? ¡Cosas de mujeres!» ¿No se sentirá desligada de él para siempre, por el corazón y por la inteligencia? «¡Gran cosa es entender un alma!» -- dijo Santa Teresa. -- Mientras los hombres ignoren el alma de la mujer, ¿pueden quejarse de que ella busque ser entendida? Por algo la Iglesia católica, gran conocedora de la psicología femenina, viste con traje talar á sus ministros. Sabe que sus mejores conquistas espirituales son las de las mujeres que llegan desengañadas de los pantalones.