De sobremesa; crónicas 2 by Jacinto Benavente

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El piropo supone amabilidad y galantería; cuando era verdadero piropo no era lo peor que las mujeres podían oir al pasar por las calles. Con prohibirlo, ¿dejarán de oir groserías? El respeto á la calle que, por ser tan de todos, es donde menos debemos ser cada cual como somos, es la señal mas evidente de la cultura de un pueblo. Y aquí ¡cielo santo! por la calle se habla á gritos de religión y de política, y de mujeres y de hombres; por la calle le espetan á uno en su cara lo mismo la admiración que el desprecio; que el comentario á la figura que el juicio crítico del atavío, modesto ó llamativo; en la calle le para á uno cualquiera, al sol ó la lluvia, sin conocernos mas que de vista, y de plantón, nos refiere su lastimosa historia ó nos anuncia la lectura de una comedia; en la calle nos interpela el amigo francote, de acera á acera, sobre los asuntos más reservados: -- Ya hablé con ese hombre. Dice que te llevara al Juzgado. Ya nos veremos. Otras veces, desde la plataforma de un tranvía, otro campechano, pero algo más discreto, nos grita, cuando vamos sentados en el interior, entre otros viajeros: -- ¿Cómo va? ¿Se le arregló á usted aquello?. ¡Aquello! que abre amplios horizontes á la imaginación, y lo mismo puede ser un pleito, que un disgusto de familia, que un órgano importante. ¿Habrá ordenanzas de policía capaces de evitar estas y otras mil impertinencias callejeras, que no son piropos, ni blasfemias, ni vendedores ambulantes?

Acabo de leer el nuevo libro de poesías de Fernández Shaw: «La vida loca». Yo diría del libro y del poeta. Pero no; seamos discretos.

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