De sobremesa; crónicas 2 by Jacinto Benavente

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Nuestro previsor y paternal gobierno, en vista de que el verano se presenta aburrido, y acaso la banda municipal, no por falta de méritos, sino por falta de lugares acomodados en que lucirlos, no baste á la amenidad de nuestra vida, ha resuelto sustituir el acreditado crimen misterioso de todos los veranos con algo tan interesante por lo menos: la guerra misteriosa. Ella será el acertijo, la inquietud y el interés de todos: ¿Iremos á Marruecos? ¿Vamos? ¿No vamos? ¿Tenemos que hacer allí? ¿No tenemos que hacer allí nada?

Nuestros mejores talentos geográficos, diplomáticos, sociológicos, financieros, los que conocen el imperio vecino como su propia casa y los que pasaron cuatro días en Tánger en aventuras exóticas á lo Loti, hartándose de judías, que ellos toman por moras, y figurándose correr mil peligros en la conquista de alguna noble favorita de moro rico, que luego resulta ser una bella Fátima de Marsella y su dueño y celoso señor un apache con turbante y babuchas; todos ellos pueden hacer gala en artículos periodísticos y conversaciones de playa ó Casino de sus profundos conocimientos, y volveremos á oir aquello de: «El país no quiere aventuras», ó «No debemos renunciar al importante papel que, por nuestra historia y nuestro porvenir, estamos llamados á representar en Marruecos». Y habrá planos trazados en las arenosas playas ó en los tableros de mármol de los cafés, y habrá estadísticas comerciales abrumadoras. Nuestro comercio de exportación, nuestra industria. Y unos gritarán: «¡Guerra, guerra!», y otros clamarán que la guerra sería el fin de España, ese fin anunciado tantas veces y que, por fortuna, no llegará nunca; porque España es tan dura de pelar como el imperio de Marruecos, amenazado siempre también de aniquilamiento y ruina. ¡Nadie puede calcular la fuerza de los débiles! Ni nadie en mejores condiciones que ellos para atreverse á todo. Si algo debe hacernos dudar en acometer la aventura, es esa consideración: Por poco que tengamos que perder nosotros, aún tienen menos que perder ellos, y esa ventaja es inapreciable para toda clase de luchas. Las guerras y los negocios, sin dinero; es el único modo de no perder nunca. Yo creo que si algo nos estorba en España para volver á recobrar nuestro prestigio en el mundo, no es nuestra pobreza, sino los cuatro cuartos que tenemos. El día que nos decidamos á tirarlos por la ventana, empezaremos á ser alguien.

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