La montaña by Eliseo Reclus — Read

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Así como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo á la de todos los imperios de Oriente, así el Olimpo, la más alta y bella de las montañas sagradas de los helenos, ha llegado á ser en la imaginación de los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, ni las del Elburs, el Ararat ó el Líbano, despierta en el espíritu humano tantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, por supuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir de señal á las razas que recorrían el mundo. Colocado en el ángulo del mar Egeo y dominando todas las cúspides cercanas desde la mitad de su altura, veían los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desde las llanuras de Macedonia, desde los ricos valles de Tesalia, desde los montes Othrys, Findo, Bermio y Athos, se ve en el horizonte su triple cúpula y sus pendientes «de mil rugosidades», de las cuales habla Homero. La fertilidad de los campos extendidos en su falda llamaba á sí desde todas partes á las muchedumbres que allí iban á encontrarse, ya para mezclarlas, ya para matarse unas á otras. Finalmente, el Olimpo domina los desfiladeros que forzosamente habían de seguir las tribus ó los ejércitos en marcha, de Asia á Europa ó de Grecia á los países bárbaros del Norte. Se alza como hito militar en la carretera que seguían entonces las naciones.

Muchas otras montañas del mundo helénico debían á sus nieves resplandecientes el nombre de Olimpo ó luminosa, pero ninguna lo merecía tanto como la de Tesalia, cuya cumbre servía de trono á los dioses.

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