La montaña by Eliseo Reclus — Read

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Esperemos, de todos modos, confiadamente: el día grande vendrá. Vánse los dioses y llévanse consigo á los reyes, tristes representantes suyos en la tierra. Aprende despacio el hombre á hablar el lenguaje de la libertad: aprenderá también á practicarla.

Las montañas que tienen, á lo menos, el mérito de ser hermosas, forman parte del número de esos dioses que van perdiendo ya sus adoradores. Sus truenos y sus aludes no son ya para nosotros los rayos de Júpiter: sus nubes dejaron ya de ser los vestidos de Juno: ya subimos sin temor á los valles altos, residencia de los dioses ó guarida de genios. Las cumbres, formidables en otro tiempo, son hoy atractivo de millares de trepadores que han emprendido la tarea de que no quede peñón ni campo de hielo virgen de paso humano. En nuestras comarcas occidentales de Europa, casi todas las cúspides han sido conquistadas sucesivamente: las de Asia, Africa y América lo serán con el tiempo. Ya que ha terminado casi la era de los grandes descubrimientos geográficos y se conoce la tierra en su conjunto, salvo en algunos trechos, numerosos viajeros, obligados á contentarse con gloria menor, dispútanse la honra de ser los primeros en subir á montañas aun no visitadas. Hasta á Groenlandia han ido á buscar cimas desconocidas los aficionados á ascensiones.

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